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No tengo nada que ocultar

Por qué la justicia digital no sólo depende de la conciencia individual de los datos, sino también de la colectiva

«No tengo nada que ocultar» – esta frase se escucha con frecuencia en discusiones sobre la protección de datos o el uso de tecnologías digitales como redes sociales, chatbots o asistentes de voz. A primera vista, esta afirmación puede parecer tranquilizadora. Implica que solo aquelles que ocultan algo malo necesitan esconderse de las consecuencias en un mundo digital. Pero este punto de vista no solo es ingenuo. Es también peligroso. Y es insolidario.

No reconoce la compleja realidad de la recopilación masiva de datos digitales y la vigilancia digital, ni las consecuencias de largo alcance que tiene para la sociedad. Nuestra apertura digital no solo nos afecta a nosotres, sino también a nuestras familias y amigues, a colegas e incluso conocides ocasionales. La protección de datos no es una responsabilidad individual, sino también colectiva, que debe estar anclada en una sociedad basada en la solidaridad.

Por qué la afirmación «no tengo nada que ocultar» es errónea

  1. Los secretos son humanos – e importantes

Los secretos no son una expresión de culpa, sino que representan protección, dignidad y autodeterminación. Todes tenemos cosas que no queremos compartir con otres, y esto es nuestro pleno derecho. No revelamos voluntariamente a les demás el PIN de nuestra tarjeta bancaria ni permitimos que revisen las fotos y mensajes de nuestro celular. El problema es que quienes insisten en su privacidad a menudo son vistos como sospechoses. Esta estigmatización debe superarse en una sociedad solidaria.

  1. Los datos son poder ­– y crean desigualdad de poder

Los datos permiten el control. Quienes poseen datos personales, ya sean empresas, gobiernos o individuos, pueden predecir y manipular comportamientos. Información aparentemente irrelevante se agrupa, evalúa y vende en el capitalismo digital, creando perfiles precisos que pueden ser utilizados indebidamente. Por ejemplo, gracias a nuestros «me gusta», las plataformas de redes sociales pueden conocernos mejor que nuestra propia familia. El escándalo de Cambridge Analytica en 2018 evidenció cómo se utilizaron los datos de millones de usuarios de Facebook para dirigir anuncios políticos e influir en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016.

  1. Lo que hoy parece inofensivo, mañana puede ser peligroso

Las normas sociales cambian. Los contenidos aparentemente inofensivos que publicamos hoy pueden dar lugar a estigmatización, discriminación o persecución mañana, en el trabajo, en público o incluso en los tribunales. Por tanto, la protección de datos no solo protege nuestro presente, sino también nuestro futuro. Los avances técnicos también desempeñan un papel importante: hace años era inimaginable lo sofisticado que se ha vuelto el reconocimiento facial digital y lo fácil que es crear falsificaciones engañosamente reales con nuestras fotos, vídeos y voces.

4. La apertura digital es arriesgada – y no es igual para todos

Los datos digitales nunca son 100% seguros. Pueden ser pirateados, copiados, robados, vendidos o utilizados en nuestra contra. El robo de identidad puede tener graves consecuencias personales y financieras. Además, los contenidos en línea se quedan para siempre. Quienes los divulgan se hacen vulnerables, quizás no hoy, pero sí en algún momento en el futuro. Al mismo tiempo, esa apertura digital es un privilegio: quienes pueden sufrir discriminación o represión, como personas LGBTQ+ o políticamente activas, a menudo no pueden presentarse tan abiertamente. Algunes activistas se ven obligades a ocultar su identidad para evitar la persecución.

  1. Los datos nunca son sólo individuales: siempre afectan a otres

Nuestros datos no solo nos pertenecen y nos afectan a nosotres. Están incrustados en contextos y a menudo contienen información sobre otras personas. Por ejemplo, si dejas tus contactos en WhatsApp, entregas a la empresa Meta los números de teléfono de otres sin que te lo permiten y, con tus conversaciones en los chats, entrenas automáticamente a la inteligencia artificial de este congrlomerado tecnológico. Quien publica fotos de otras personas o incluso sus nombres también deja su rastro en Internet, a menudo sin su conocimiento.

Una responsabilidad colectiva

La protección de datos es, por tanto, una responsabilidad colectiva basada en la solidaridad y el apoyo mutuo. La idea de que la protección de datos es una decisión exclusivamente individual es engañosa. La protección de datos y la justicia digital son retos políticos que requieren soluciones colectivas.

¿Qué podemos hacer por una protección de datos colectiva?

La protección de datos debe entenderse y organizarse de una nueva manera: social y solidaria. Esto requiere:

  1. Educación digital crítica e integral: Es fundamental que la educación aclare las consecuencias individuales y colectivas del manejo de datos y eduque a las personas sobre la protección de datos y los derechos digitales. Esto debe comenzar en las escuelas, pero también extenderse a otros espacios comunitarios, como iniciativas vecinales, universidades, movimientos sociales, sindicatos, empresas o instituciones culturales, para concienciar sobre cómo se manejan los datos personales.
  2. Regulación social: Las plataformas y los sistemas de inteligencia artificial deben estar regulados por la sociedad. Tambieén deben existir directrices y leyes claras para los Estados, las autoridades y las empresas. Esto incluye la protección de los derechos digitales y los datos personales, así como obligaciones de transparencia y la protección de los grupos marginalizados.
  3. Alternativas tecnológicas libres: El cifrado de extremo a extremo y el software seguro de código abierto, así como las plataformas de redes sociales descentralizadas como Mastodon o los mensajeros más respetuosos con la privacidad como Signal, son cruciales para recuperar el control sobre nuestra comunicación e información y reducir la dependencia de las grandes empresas tecnológicas.
  4. Cambio de actitud: Proteger nuestros datos comienza con un cambio de mentalidad, tanto a nivel individual como colectivo. Es fundamental ser conscientes de la información que compartimos y cómo puede afectar a nosotres y a otras personas. Por ejemplo, evitar publicar fotos de otres sin su consentimiento, especialmente de menores de edad, es una forma de respetar su privacidad. Además, debemos tener cuidado al compartir datos personales en redes sociales y aplicaciones, asegurándonos de que no estamos exponiendo información sensible, como datos de saludos o financieros.
  5. Sostentibilidad digital: También debemos centrarnos en reducir la brecha digital y el impacto medioambiental del uso de tecnología digital, como el procesamiento y almacenamiento de datos, para dar forma a un futuro digital sostenible. La tecnología debe ser accesible y respetuosa con el medio ambiente, garantizando que todos tengan la oportunidad de participar en la era digital sin comprometer su privacidad ni el bienestar del planeta.

Cuanto más insitamos en que no tenemos nada que ocultar, más difícil será para quienes realmente necesitan protección; esta mentalidad trivializa las preocupaciones de aquelloe que enfrentan riesgos reales, como la discriminación, la persecución o la vigilancia injusta. Por tanto, la lucha por la privacidad no es una retirada para esconderse, sino una resistencia activa contra los peligros de la vigilancia y el control por parte de empresas y Estados. Si consideramos la protección de datos como una tarea colectiva y asumimos la responsabilidad conjunta de su defensa, podremos desafiar el equilibrio de poder en el espacio digital y construir una sociedad más justa y cohesionada.

 

Por Steffen Heinzelmann, cooperante de COMUNDO para la Fundación InternetBolivia.org

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